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IMPORTANTE: Esta revista está dirigida a todos los ciudadanos de nuestro país, quienes tenemos derecho a la información, a la libre expresión y a ejercer nuestra libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia (derechos plasmados en los Artículos 6 y 7 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos), y del mundo. Advertimos: La lectura y/o posesión de esta revista no significa militancia en nuestra organización. Por lo tanto, cualquier medida represiva es estricta responsabilidad del gobierno.
En la memoria reciente de nuestro pueblo flotan de manera permanente dos
bellos ejemplos de lucha de hombres y organizaciones, habiendo una asociación
automática de las ideas y de sus ejemplos revolucionarios. Se trata ni más ni
menos que de Lucio Cabañas Barrientos con el Partido de los Pobres y de Genaro
Vázquez Rojas con la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria. Si bien cada
año al recordar la fecha de sus muertes, siendo el día 2 de diciembre para
Lucio y el 2 de febrero para Genaro, se dan movilizaciones y homenajes de
varias organizaciones populares en el país y particularmente en el estado de
Guerrero. La más reciente fue especialmente más intensa debido a la sepultura
de los restos de Lucio en el zócalo de su ciudad natal Atoyac de Álvarez, lo
cual se logró después de que el Estado mexicano reveló el lugar donde los tuvo
bajo secreto durante todos estos años pues fue tanto el miedo que lo tuvo que
esconder aún ya muerto pues saben lo que significa Lucio para el pueblo. Ahora
dentro de unos días toca a Genaro su homenaje pues el pueblo no lo quiere
hacer menos valioso ya que el ejemplo que ambos dieron fue tan igual y tan
grande que sus vidas dejaron en ello.
Por esto nos referiremos a los aportes a la lucha revolucionaria que en México
hicieron ambos héroes del pueblo a quienes aquí en el Ejército Revolucionario
del Pueblo Insurgente los homenajeamos como nuestros comandantes y nos
reconocemos como una vertiente importante de sus ejemplos. Aquí en nuestra
organización, donde militan viejos colaboradores y no pocas comunidades
enteras que les dieron cobijo y quienes nunca han olvidado, siempre son motivo
de referencia y comparación con nuestros combatientes para agarrar ejemplos
que nos hagan avanzar en la construcción revolucionaria en nuestro pueblo.
Como muchas personas han mencionado, los aportes que históricamente la ACNR y
el PDLP hicieron al movimiento revolucionario en México y América Latina se
inscriben dentro de la lucha antiimperialista que en esos años se dio en
diferentes partes del mundo, sin olvidar que en nuestro país también se
crearon múltiples grupos armados pero que finalmente no tuvieron el alcance
logrado por las que fundaron Genaro y Lucio, en primer lugar ambas
organizaciones nacen en el movimiento de la lucha de masas que ante la
represión se justifica plenamente el recurso de las armas. En segundo lugar,
en poco tiempo alcanzan un nivel de beligerancia tal que se convierten en la
principal amenaza para los planes del Estado mexicano fiel defensor de los
intereses imperialistas, en tercer lugar demuestran la incapacidad del aparato
represor y la vulnerabilidad del mismo particularmente demostrado por el PDLP
al enfrentar a unidades del ejército federal aniquilándolas en muchas
ocasiones, Además queda roto el mito de que la lucha armada revolucionaria era
imposible de hacer en México dada su vecindad con los Estados Unidos, y que
sólo a las organizaciones en nuestro país le iba a corresponder jugar el papel
de retaguardia para otros movimientos revolucionarios de América Latina, mito
que fue largamente alimentado también por el Estado mexicano con propósitos
contrainsurgentes y de espionaje. Y por supuesto no debemos olvidar que el
ejemplo que ambas organizaciones dejan inspira ahora a cientos de luchadores
sociales en el país y allende las fronteras dándole vigencia a esta forma de
lucha del pueblo que ahora en el caso de México sigue dando manifestaciones de
la existencia y accionar de diferentes organizaciones armadas y no sólo el
ERPI, EZLN y EPR y todas reconocen los aportes que han dejado nuestros
camaradas del PDLP y de la ACNR.
Por otro lado, en estos días se reactiva la lucha social de los campesinos
ante el fenómeno globalizador y neoliberal que dejaría en peores condiciones
de pobreza y marginación a millones de familias campesinas ante la entrada en
vigor de la primera etapa del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)
y que dadas las desventajosas condiciones en que tendrán que competir los
productos agropecuarios de nuestros campesinos mexicanos en contra de las de
los granjeros estadounidenses y canadienses debido a las políticas de
proteccionismo y subsidio a la producción que existe en estos países. Desde
hace ya más de un mes se están intensificando las protestas por parte de las
organizaciones campesinas que para colmo siguen padeciendo del corporativismo
que aun les sujeta y hasta cierto punto controla todavía las movilizaciones
campesinas, sin embargo las protestas se van radicalizando aún en oposición a
los líderes formales y es que no es para menos ante el eventual peligro de la
casi extinción de muchas pequeñas propiedades que han resistido el efecto
depredador y arrasador del neoliberalismo en el sector rural. Se impone pues
necesario y urgente en estas condiciones por lo pronto una renegociación del
capítulo agropecuario del TLCAN o bien se subsidie a los productores de
pequeños a medianos propietarios de diferentes maneras pero en forma efectiva
y sin condicionamiento a preferencias electorales como ha sido costumbre en
México. Nuestra organización se declara pendiente al curso de las
movilizaciones y otras formas de lucha de los campesinos y en vigencia de esta
etapa de autodefensa convocaremos a las respuestas políticas y militares que
se consideren necesarias donde y cuando sea posible.
Momentos difíciles se viven en el mundo y especialmente en el Medio Oriente
ante la inminente agresión imperialista sedienta del petróleo iraquí y que
merece desde antes y ahora la condena unánime de parte de todo ser humano que
en realidad sea humano. El pueblo norteamericano no merece los genocidas que
lo gobiernan y algo debe hacer para frenar a las bestias pues de otra manera
corre el riesgo de que el ciudadano estadounidense común y corriente sea
confundido con las bestias y los ataques irracionales e indiscriminados como
el de las torres gemelas se conviertan en noticias frecuentes. Es pues
imperativo exigirle al pueblo norteamericano se ponga en acción y de parte de
los demás pueblos del mundo oponer todo tipo de resistencia desde la pacifista
hasta la violenta en oposición a las agresiones del aparato militar genocida
más poderoso del mundo.
CÓMO LA VES DESDE AI
DETRÁS DEL PALIACATE
Comunicado #28 - Un Homenaje a Lucio Cabañas
En Honor a Lucio
Se oye por los campos
El cantar de los jilgueros
Pero más recordando estamos
Compañeras y compañeros
Que tristes son estas fechas
Nos duele al recordar
Si Lucio está en nuestras mentes
No lo podemos olvidar
Por eso en estas fechas lo vamos a
Recordar, la huella que nos dejó
No la podemos borrar
Por eso sus restos en el zócalo
Se van a sepultar.
Tu sufriste en los campos
Como muestras lo demostraste
Una patria para todos
Que hasta la vida dejaste.
Tu sufriste las amarguras
En los campos de batallas
Tu entregaste hasta tu vida
Sin mirar de cerca la raya
Te ganaste el cariño
Por los lugares que recorriste
Cruzando montes y espinas
Sin mirar, lo sufriste
Por los campos y montañas
Recorrías todos los días
Con los compas platicando
Y con ellos sonreías
Pero nunca se imaginaban
Que solos los dejarías.
Tus compañeros que dejaste
no sabían ni que hacer
al verse sin protección
se tiraron a perder
dejaron pasar el tiempo
Y volvieron a aparecer.
Fue un dos de diciembre
cuando partiste de estas tierras
dejándonos solos y tristes
como en una verde hoguera
pero siempre te recordaremos
aunque el mal gobierno no quiera
Tu estarás siempre con nosotros
en nuestras mentes y memorias
Tu nos dejaste muchos recuerdos
Para siempre y hasta la victoria
Que triste mes de diciembre
es una fecha muy importante
Recordando cuando cayó
Nuestro querido comandante
Dichosos aquellos años
que Lucio logró conquistar
una lucha por la que seguimos
Que Lucio quiso lograr
la lucha será alcanzada
y será por un gobierno popular
No quisiera terminar de contarles
No saben cuánto lo siento
pero tengo que prepararme para el festejo
del compañero Lucio Cabañas Barrientos.
Aguila
(Ir arriba)
NUESTRO PENSAR
Acerca de las olas de izquierda en América Latina
El ERPI y la conquista del poder popular: Una auténtica tercera vía
Debate sobre el poder en el
movimiento popular
Rubén Dri (Retruco, Argentina)
Actualmente, existe un debate fuerte en el marxismo sobre la cuestión del «poder».
Libros recientes, como «Imperio» escrito por Antonio Negri y Michael Hardt y «Cambiar el mundo sin tomar el poder» escrito por John Holloway, han causado mucha polémica. Para muchos teóricos, estas obras conducen hacia el postmodernismo, concepto literario conservador que, aplicado a la política, tiene graves consecuencias, por no decir negativas y hasta contraproducentes en términos político-estratégicos. A continuación, se presenta un documento titulado «Debate sobre el poder en el movimiento popular», elaborado por Rubén Dri. En este texto, Dri escribe lúcidamente sobre los fenómenos de la «construcción del poder popular», «la huida del poder» por parte de algunos, y prosigue a proponer criterios básicos en la «construcción del poder popular».
Aunque podamos no estar de acuerdo con todos los planteamientos que hace Dri, se considera este escrito esencial para el entendimiento de los desafíos, tanto teóricos como prácticos, que una organización revolucionaria confronta al constuir el poder popular...
Las movilizaciones de los últimos tiempos han puesto en evidencia una fuerte voluntad popular de afirmar su realidad subjetual. Pero ser sujeto significa ponerse como tal, crearse, luchar por el reconocimiento, lo cual implica necesariamente plantearse el problema del poder, en torno al cual, en el ámbito del movimiento popular, podemos vislumbrar tres posiciones típicas:
a. La concepción clásica del marxismo-leninismo que se expresa como «toma del poder».
b. La de pensadores influenciados por el posmodernismo, como Negri y Holloway, cuya concepción es la de «huida del poder».
c. La de militantes de los nuevos movimientos sociales y políticos que prefieren hablar de la «construcción del poder».
Se trata de una tipificación que permite tomar las diversas concepciones como si se tratase de casos puros y resaltar, de esa manera, las diferencias y oposiciones. En la realidad las concepciones se suelen entrecruzar.
1.- Toma el poder o el poder como objeto
En los movimientos sociales y políticos de las décadas del 60 y 70 que marcaron profundamente a nuestra sociedad, el problema del poder fue planteado con fuerza, en contra de concepciones de izquierda tradicionales para la cuales el tema se postergaba de manera indefinida. Partidos considerados siempre de izquierda como el Partido Comunista, los diversos Partidos Socialistas, las variantes maoístas y trotzquistas no se planteaban el problema del poder.
No significa ello que no hablasen sobre el poder. El asunto es que para ellos el problema no se imponía como una exigencia perentoria a realizar. No se cuestionaba en los hechos seriamente el poder del capitalismo. Por una u otra razón, la revolución estaba postergada, de manera que había tiempo de sobra para debatirlo.
El problema, en cambio, adquirió no sólo actualidad, sino exigencia perentoria en las diversas agrupaciones y partidos de una nueva izquierda, por llamarla de esa manera, que se proponían hacer la revolución. Ello significaba, terminar con la sociedad capitalista, sustituirla por una sociedad socialista. Ya no se trataba de una meta lejana, sino de algo que estaba en cierta manera a la mano.
El debate sobre el poder fue intenso, y las concepciones, diversas, pero todas, de una u otra manera se sintetizaban en «la toma del poder». En realidad la expresión pertenece a la teoría que fundamentó los procesos revolucionarios del siglo veinte. Toma del poder, asalto al poder, asalto al cielo, son expresiones equivalentes. Sin duda que son movilizadoras, encienden en la imaginación figuras utópicas que impulsan a la voluntad para la lucha.
El poder, en primer lugar, es concebido como un objeto. Así como se puede tomar, asir, o, en términos populares, «agarrar» un objeto, también se puede tomar o agarrar el poder. De esta manera, se piensa que no se tiene el poder, no se lo ejerce, hasta que no se lo ha tomado. El poder está en manos de las clases dominantes, de los grandes consorcios, del ejército. En fin, alguien, o algunos lo tienen. Se trata de arrebatárselo.
En segundo lugar, el poder está en un lugar determinado. Ese lugar puede ser la «Casa Rosada», Campo de Mayo o La Tablada. Quienes están ahí tienen el poder. Para arrebatárselo es necesario trasladarse hasta ese lugar. La columna del Che, desde la sierra Maestra a Santa Clara, y desde allí a la Habana, o la «Larga Marcha» de Mao son símbolos de este ir hasta el lugar donde se encuentra el poder, para tomarlo, arrebatándoselo al enemigo.
El poder, en consecuencia, es como una cosa que está en un determinado lugar al que hay que trasladarse para tomarlo. Algo semejante a la expedición de los Argonautas dirigidos por Jason a la Cólquide para arrebatar el célebre «vellocino de oro». Pero ya se sabe, semejante tesoro está bien guardado, bien custodiado. La marcha para su conquista no es una fiesta, sino una lucha. Menester es tener la organización y los instrumentos necesarios para dar esa lucha.
El instrumento por excelencia es el partido político. Para la toma del poder se necesita un partido revolucionario y para que éste lo sea, debe estar constituido por el sujeto o los sujetos revolucionarios. Como en la teoría marxista tradicional el sujeto revolucionario es el proletariado, el partido debe ser un partido obrero y, su meta próxima es la conquista del poder y el establecimiento de la dictadura del proletariado.
El concepto de «dictadura del proletariado» es por demás significativo. Normalmente significó lo contrario a la democracia, en cualquiera de sus formas.
Entiendo que no fue ésa la concepción de Marx, en el cual, por otra parte, el concepto es marginal, nunca tematizado. Pero en él el concepto de dictadura no se oponía al de democracia, en el sentido de elecciones, partidos políticos diferentes, en la medida en que consideraba que las democracias burguesas eran dictaduras.
Ello significa que para Marx la dictadura implicaba la dominación de una clase sobre las otras, no necesariamente la de un partido político. Así como la dictadura de la burguesía se ejerce mediante diversos partidos políticos, lo mismo podría hacer el proletariado. Quiero decir que la lógica de la dominación de clase no implica necesariamente el partido único.
El establecimiento de las dictaduras del proletariado ha producido resultados decepcionantes. Los partidos revolucionarios que lograron la toma del poder establecieron efectivamente una dictadura que se llamó «dictadura del proletariado» pero que, en realidad, fue una dictadura del partido, del aparato burocrático y finalmente del líder, depositario de la ciencia.
La revolución se había realizado para construir una sociedad plenamente liberada, con igualdad efectiva de derechos para todos. La realidad fue decepcionante. La dominación no fue quebrada sino sustituida. Los revolucionarios pasaron a ser los nuevos señores. Mentiras, crímenes y corrupción acompañaron a la nueva sociedad, que no resultó nueva, sino antigua. La caída del Muro de Berlín es el símbolo de la derrota de las revoluciones que tomaron el poder.
Hablar de traición, referirse a las condiciones difíciles en que se produjo la revolución soviética, a la temprana muerte de Lenin y a otras circunstancias, de ninguna manera logran explicar un fracaso tan rotundo. Volver al debate entre Lenin y Rosa Luxemburgo puede ser un ejercicio excelente, no para darle ahora la razón a Rosa, sino para bucear en el destino de una revolución realizada por una organización, el partido político, que «toma el poder».
2.- Huir del poder o fugar al anti-poder
Las posiciones de Holloway, de Negri y de Hardt pertenecen al amplio espacio abierto por autores que, desencantados de las revoluciones que se habían producido bajo la égida del marxismo ortodoxo, reniegan de todo lo que suene a estructura o institución. Se fundan en interpretaciones de las nuevas prácticas que se generaron luego de la caída del Muro de Berlín, como las de Chiapas, las de los Sin Tierra de Brasil, las de los diversos Movimientos Sociales, de las Asambleas en Argentina y, en general, de los movimientos anti-globalización.
El planteo de Holloway guarda semejanzas con el de Negri y Hardt, pero también diferencias, cuya base fundamental se encuentra en la diferente posición frente a la dialéctica. Mientras éstos la rechazan como un elemento burgués inserto en el pensamiento revolucionario, Holloway, por el contrario, la incorpora como clave de su pensamiento.
En este sentido, recupera a Hegel y fundamentalmente a Marx. Sus análisis de la alienación en Marx, especialmente como se expresa en los Manuscritos de 1844 son excelentes. Pero su dialéctica no es tanto la de Marx, sino la dialéctica negativa de Adorno. Esto lo lleva directamente a la conclusión de que toda institución constituye una alienación. La única formulación posible de una revolución que se pretenda liberadora será la del anti-poder.
Las coincidencias fundamentales contemplan dos rubros, «la centralidad de la lucha oposicional (ya sea que la llamemos poder de la multitud o anti-poder) como la fuerza que da forma al desarrollo social» y el concentrarse en la revolución, que «no puede concebirse en términos de tomar el poder del Estado». (Holloway; 2002; 244). Mientras los autores de «Imperio» a la fuerza de oposición la denominan «multitud», Holloway, le da el nombre de «anti-poder».
La diferente denominación no es una simple cuestión de nombres. Significan dos posiciones diferentes en cuanto al contenido mismo de la oposición. La «multitud», aunque sea algo indeterminado, volátil, pulverizado, es «algo», mientras que el anti- poder es nada, o mejor, es «no». Ninguna posibilidad de darle un contenido, una forma, una estructura.
La segunda coincidencia es, en realidad, la verdadera coincidencia. La alergia al Estado, a cualquier Estado es total, porque el Estado no es otra cosa que «una forma rigidizada o fetichizada de las relaciones sociales. Es una relación entre personas que no parece ser una relación entre personas, una relación social que existe en la forma de algo externo a las relaciones sociales» (Id.; 142). Es necesario escapar del Estado. La fuga, en todos los autores citados es la clave de toda la lucha por una nueva sociedad.
Holloway, al igual que Negri, se considera heredero del pensamiento de Marx. Se plantea entonces aquí un problema, pues para Marx, el Estado es mucho más que la simple fetichización de las relaciones sociales. Es la forma «en la que se condensa toda la sociedad civil de una época» (Marx; 1977; 72), por lo cual en el primer proyecto de su obra, esto es, de El Capital, figura como el tercer momento de la primera dialéctica, formada de la siguiente manera:
1) «Las determinaciones abstractas que corresponden en mayor, o menor medida a todas las formas de sociedad».
2) «Las categorías que constituyen la articulación interna de la sociedad burguesa».
3) «Síntesis de la sociedad burguesa bajo la forma de Estado». (Marx; 1980; 29-30).
En la concepción tradicional, ortodoxa del marxismo se sostiene la desaparición del Estado, pero al final, luego del acto revolucionario de toma del mismo por parte del proletariado dirigido por el partido. Menester es tener en cuenta que el concepto «destrucción» o «eliminación» es antidialéctico. Engels lo utiliza sin problemas y de allí provienen las confusiones posteriores. Marx es mucho más cauto al respecto y suele referirse al problema mediante el concepto de Auf-hebung, que traducimos por «superación».
Se lograría ello no mediante una destrucción, sino mediante la universalización de la satisfacción de necesidades. La característica cautela de Marx para no incursionar en realidades futuras que sólo podían ser barruntadas es, en cierta manera compartida por Holloway, si bien tanto él como Negri exageran nuestra ignorancia con respecto a todo futuro.
Las disidencias, por su parte, están centradas «en el tema del paradigma». Para Hardt y Negri, en efecto, la revolución consiste en un cambio de paradigma, semejante a los que ya hubo, como ser, «del imperialismo al Imperio» o «de la modernidad a la posmodernidad, de la disciplina al control, del fordismo al posfordismo, de una economía industrial a una informacional» (Idem; 245). Ello significa que la sociedad es algo estable, lo cual es totalmente contradictorio con una dialéctica negativa como la de Holloway.
El enfoque paradigmático lleva al funcionalismo, según Holloway, a una concepción de la sociedad en la que todo encaja. Su origen se encuentra en la posición anti- dialéctica y anti-humanista de ambos autores, lo que, por otra parte, los lleva a sostener la continuidad entre animales, seres humanos y máquinas, siendo éstas últimas, prótesis de nuestros cuerpos y mentes. Con ello entramos en una antropología del ciberespacio, pero «el problema con esta visión, dice Holloway, seguramente, es que ni las hormigas ni las máquinas se rebelan. Una teoría que está basada en la rebelión tiene poca opción: tiene que reconocer el carácter distintivo de la humanidad» (Idem; 249).
La revolución no es otra cosa que «el desarrollo del anti-poder», del no-poder, de la negación del poder, la cual «toma millones de formas diferentes: desde arrojar el despertador contra la pared, hasta llegar tarde al «trabajo», realizar tareas sin esforzarse, ausentismo, sabotaje, luchas por descansos, por el acortamiento de la jornada laboral, por vacaciones más largas, por mejores pensiones, huelgas de todo tipo, etc.» (Idem; 270).
Dos observaciones se imponen al respecto. En primer lugar, es imposible pensar todas estas prácticas como simple no-poder. De hecho constituyen construcción de poder. Son prácticas constitutivas del poder popular. Es que el concepto mismo de anti-poder como no-poder que se debe lograr, es contradictorio, pues para lograrlo hay que luchar, lo cual significa siempre construir poder.
La pesadilla de la que Holloway quiere escapar mediante su concepción del anti-poder es el círculo diabólico de la circularidad del poder, sobre el cual se había explayado Foucault. El poder como siempre se lo ha considerado y practicado es el poder-sobre, la dominación sobre otros. Cuando se lucha en contra de ese poder, de hecho lo que se hace es cambiar de quien ejerce el poder-sobre.
Así ha pasado con las revoluciones socialistas, especialmente con aquéllas que fueron denominadas del «socialismo real». No se modificaron sustancialmente las relaciones sociales. Cambiaron los dominadores, pero no se eliminó la dominación. Holloway quiere salir del círculo con la pretensión de separar taxativamente el poder-hacer del poder- sobre, como si el sujeto pudiese ejercer un poder sin encontrarse con la relación de poder del otro. En otras palabras, pretende saltar afuera de la dialéctica del señor y del siervo.
En segundo lugar, todas esas prácticas han sido realizadas por los obreros, maestros, empleados, profesores universitarios, y trabajadores distintos desde la implantación del capitalismo. Nunca se consideró que ello se hacía por el no-poder. Todo lo contrario, lo que se quería es un poder de abajo, de los dominados, un poder alternativo.
Entre las formas de lucha Holloway destaca la migración, pues mediante ella «millones de personas huyen del capital, buscando esperanza» (Idem; 270). Esta apreciación de la migración es compartida con entusiasmo por Hardt y Negri. Dos observaciones se imponen también aquí. En primer lugar, la migración puede interpretarse, más allá de la conciencia de los migrantes como una fuga del capital, pero de hecho éstos buscan un lugar donde el capital les permita tener un trabajo que en su lugar de origen no consiguen. El mexicano que pasa a Estados Unidos lo hace bajo esa condición, lo mismo que el boliviano que migra a la Argentina.
En segundo lugar, es curiosa esta manera de privilegiar la migración como forma de lucha por el anti-poder. Es cierto que constituye una forma de lucha, como todas las enumeradas, pero está lejos de ser privilegiada. Es una lucha penosa, amarga y que al capital no le ocasiona demasiados trastornos. En todo caso los soluciona con medidas cada vez más represivas.
Otro aspecto de la concepción de Holloway con respecto a la revolución es el heroísmo. En su concepción «el movimiento del comunismo es anti-heroico», pues «el objetivo de la revolución es la transformación de la vida común, cotidiana y es ciertamente de esa vida común y ordinaria que la revolución debe surgir» (Idem; 302; 303). Esto lo lleva, a su vez, a criticar la concepción revolucionaria que se basa en la conducción de los líderes y los héroes.
Toda revolución que se realiza a partir de un liderazgo, reproduce desde el principio las relaciones que quiere subvertir e hipoteca las realizaciones a la voluntad del líder. Éste, por otra parte, tenderá a ahogar todo avance que suponga una mengua de su propio poder-sobre. En este sentido, Holloway tiene razón. Además, el liderazgo siempre tenderá a perpetuarse y tendrá fuertes tentaciones de manera el poder como si proviniese de él y no del pueblo.
Es importante la observación de Holloway en lo referente a los héroes. Efectivamente, la revolución no es una tarea de héroes, sino del pueblo. La revolución no la hacen los héroes, ni se hace para vivir una vida heroica. Se hace para vivir mejor, para «vivir bien» como quería Aristóteles, donde «bien» no significa sólo realidades materiales, las que deben ser suficientes, sino la posibilidad del sujeto de realizarse plenamente.
Pero las afirmaciones de Holloway no parecen admitir espacio alguno para el heroísmo, virtud excelsa que expresa realizaciones humanas superiores, en el sentido cualitativo, sin que ello dé ninguna razón para ejercer un poder sobre los demás. La construcción de esa futura sociedad en la que podamos fraternizar entre todos, puede exigir, y de hecho así es, actos de heroísmo. Un piquetero que, entre las balas de la policía, se detiene a auxiliar al compañero caído es un acto heroico. La lucha siempre estará llena de ellos.
Los 30.000 mil compañeros detenidos-desaparecidos eran jóvenes, la mayoría de ellos, como cualesquiera de los jóvenes de hoy, con una vida común, con sus afectos, virtudes y defectos. En un momento determinado fueron puestos en la situación-límite del heroísmo. Pero ello le sucede también a la más común de las madres cuando debe enfrentar situaciones-límites en la defensa de su hijo.
Por otra parte, el heroísmo es un momento fundamental en los proyectos que se formulan en la juventud. Nada más aplastante y descorazonador que encontrarse con jóvenes que quieren vivir una vida tranquila. Pasión, ansias de transformar la realidad, son constitutivas de una juventud no contaminada por el cansancio de la vida, propio de sociedades decadentes. No por nada muchas veces se siente tentada por la aventura fascista. No se hace una revolución para vivir una vida heroica, pero su realización suele exigir momentos de heroísmo.
3.- La construcción del poder, o el poder como relación social
El poder, veíamos, no es un objeto o una cosa que se encuentra en algún lugar al que es necesario ir para tomarlo. Es una tendencia difícil de vencer, como anotaba Hegel, poner en movimiento las representaciones propias del entendimiento. El poder concebido como objeto no es otra cosa que una representación del entendimiento. Menester es fluidificarlo, ponerlo en movimiento.
El poder es una realidad propia del ámbito de las relaciones humanas que, de una u otra manera, siempre son sociales y políticas. No existe, no es, igual que los sujetos. Se hace, se construye de la misma manera en que se construyen los sujetos. Éstos, para crearse, empeñan una lucha a muerte por el reconocimiento. Esta lucha genera poder. Generarse como sujeto es generar poder.
Todo cambio, toda transformación, toda revolución que se proponga siempre tiene en su centro el tema del poder que significa quién y como será reconocido. La frase que figura como acápite es el corte que le da Jesús a la discusión que se había entablado entre los componentes más cercanos de su movimiento, cuando, al dirigirse a Jerusalén pensaban en el triunfo de la propuesta liberadora.
Los dirigentes del movimiento de Jesús discuten sobre cómo se van a repartir el poder en la nueva sociedad, y Jesús les replica que no habrá nada que repartir, porque habrá que pensar el poder de una manera totalmente distinta, contraria a la que ellos pensaban. No como poder de dominación, no en la relación señor-siervo, sino como diakonía, como servicio, como mutuo reconocimiento de sujetos plenamente libres.
Ese poder no puede empezar a construirse una vez que «se lo ha tomado», porque en realidad entonces lo que se ha hecho es ocupar el lugar que antes tenían «los otros». No se rompe la relación señor-siervo, aunque se sostenga que ello constituye una fase para romper la dominación anterior. La célebre «dictadura del proletariado» que es, siempre, la dictadura del partido, de determinados aparatos del Estado o de una persona, el «líder», no se instala para desinstalarse en función de la diakonía, sino que llega para quedarse a perpetuidad si ello es posible.
El poder es esencialmente relación social, relación de reconocimiento. En ese sentido es fluido, circula, cambia. Pero necesita momentos de reposo, de instalación. Es el momento de las célebres estructuras, sin las cuales todo poder se evapora. La mínima relación, la que se produce entre dos sujetos, sean éstos madre e hijo, amigo con amigo, novios, es lucha por el reconocimiento y, en consecuencia genera un ámbito de poder. En ese sentido todos ejercemos y se ejerce poder sobre nosotros.
Crear nuevo poder, crear poder popular significa crear nuevas relaciones humanas, nuevas relaciones sociales, nuevas relaciones políticas[1]. Éstas no pueden comenzar cuando, por ejemplo, se tome el aparato del Estado. Se realizan en el camino, en el proceso. Si el otro es un objeto para mí, o un súbdito, mero soldado del partido o de la organización, se está reproduciendo el poder de dominación.
Microfísica del poder, en consecuencia, y redes del poder sobre las cuales nos informa abundantemente Foucault. Pero su planteo no logra romper, traspasar las paredes que encierran a los micropoderes en los cuales nos enredamos. No habría otra salida que un juego de poderes y contrapoderes, o en todo caso un pequeño espacio de liberación, ese espacio en el que se ejerce mi poder, que sería la «línea de fuga» de Deleuze o, en todo caso el ser «militante de la acción restringida, limitada» de Badiou.
Ello significa lisa y llanamente renunciar a construir poder popular en sentido fuerte, es decir a construir una sociedad del mutuo reconocimiento, una sociedad plenamente democrática, en la que el poder se ejerza tendencialmente en forma horizontal. En otras palabras, los micropoderes se encuentran englobados en megapoderes, y así como hay que construir los primeros, también hay que construir los segundos. De la microfísica es necesario pasar a la macrofísica, no en forma línea sino dialéctica. Los pequeños poderes se encuentran englobados en los megapoderes. No hay paso lineal de unos a los otros.
Esto significa que toda lucha, ya sea barrial, villera, campesina, en las cárceles, en la escuela, en la familia debe conectarse dialécticamente con una lucha más amplia, que tenga como horizonte la totalidad. Si ello se pierde de vista, estamos condenados a movernos en un círculo sin salida. Es un magro consuelo o una burla decirles a desocupados que ellos también ejercen poder. Es cierto que ejercen poder, y lo hacen cuando, por ejemplo cortan rutas y obligan al poder político a ceder a determinados reclamos. Pero ese poder es totalmente asimétrico con el poder del gran capital, de las grandes corporaciones.
Los trabajadores desocupados, los villeros, los campesinos construyen poder con su trabajo, con sus debates, con sus asambleas, con sus medidas de lucha. Ese poder comienza siendo micropoder, o mejor, micropoderes que se gestan en las diversas asambleas que se conectan entre sí en forma de redes. Éstas interactúan con los megapoderes, confrontan con ellos, negocian, se retiran y vuelven.
Micropoderes, redes de poder, circulación de poderes, fluidez de relaciones. Todo ello es cierto, pero toda fluidez tiene momentos de condensación. Dicho de otra manera, el movimiento necesita estructurarse. Con la estructuración aparecen nuevos desafíos, expresados sobre todo en el fenómeno de la burocratización. Un verdadera construcción del poder, o sea de relaciones sociales, luchará siempre contra la tendencia, siempre renaciente a la burocratización.
Hegemonía y poder Como es sabido el triunfo de la revolución en la Rusia zarista y las derrotas de los intentos revolucionarios de la segunda década del siglo XIX en Alemania, Hungría e Italia, llevaron a Antonio Gramsci a una profunda reflexión sobre las causas de tan dispar destino de los intentos revolucionarios. La contribución más importante de estas reflexiones gira alrededor del concepto de hegemonía que desde entonces figura en todas las elucubraciones que tienen que ver con la realidad política.
Me interesa, en este apartado, trabajar sobre la relación entre dicho concepto y la construcción del poder popular, reinterpretando el concepto de hegemonía, o, incluso, corrigiéndolo. Para empezar, hay una observación importante que hace Gramsci al referirse a las diferencias existentes entre las tareas que le esperan a la revolución de octubre y las que es perentorio realizar en las revoluciones del los países centroeuropeos.
Siendo la sociedad zarista una sociedad en la que prácticamente no había sociedad civil, tomado el Estado, o la fortaleza, como lo denomina Gramsci, la tarea a realizar era nada menos que la de crear la sociedad civil, lo que significa, crear la hegemonía, entendida ésta como consenso de los ciudadanos. Ese consenso es poder. Construir la hegemonía es construir poder, poder horizontal, democrático, lo cual significa, a la vez, construirse como sujetos.
Esta tarea no puede ser creada desde arriba, pero es el único lugar en que esa revolución la podía realizar. Una contradicción prácticamente insoluble, como se mostró ulteriormente. Como se ve, nos estamos sirviendo del concepto gramsciano de hegemonía, pero transformado o reinterpretado, como se quiera. Es muy difícil, por no decir imposible, que la revolución soviética no terminase en el estalinismo.
De hecho, esto ya había sido expuesto por Hegel en la célebre dialéctica del señor y el siervo. El camino del señor es un callejón sin salida. Desde el poder de dominación, aunque éste se denomine «dictadura del proletariado» es imposible pasar a una sociedad del mutuo reconocimiento. Los sujetos no se realizan por una concesión que se les hace desde arriba. Se conquista en una lucha en la que los siervos, dejan de serlo, no se reconocen como siervos, sino como sujetos.
Gramsci plantea correctamente, para las sociedades avanzadas, con sociedad civil ampliamente desarrollada, que la hegemonía debía preceder a la toma del poder o del Estado. En realidad, ese principio vale para toda revolución y no sólo para las sociedades avanzadas, porque si la hegemonía no se construye en el camino, no se la construirá posteriormente. Se repetirán las prácticas anteriores.
A menudo se me pregunta en los seminarios si los amos o señores no pueden también lograr el reconocimiento y, por lo tanto ser sujetos en sentido pleno. La respuesta es absolutamente negativa. Ni los señores, ni los siervos pueden logra el reconocimiento como autoconciencias o sujetos sin dejar de ser señores o siervos. Tanto el ser siervo como el ser señor es la negativa del sujeto.
La hegemonía como consenso democrático no puede ser construida desde arriba, porque ello implica subordinación. Quien detenta el poder del Estado o el poder político y económico puede obtener legitimación, que implica aceptación de la dominación, pero no hegemonía en el sentido de consenso democrático. Éste sólo puede lograrse desde el seno de las sociedad civil. Es una construcción que se realiza entre iguales, entre sujetos que se reconocen mutuamente como tales.
4.- Criterios fundamentales
En ese proceso de práctica-conciencia, de lucha-reflexión se cometen errores, pero «los errores cometidos por un movimiento obrero auténticamente revolucionario, dice Rosa, son mucho más fructíferos y tienen más importancia histórica que la infalibilidad del mejor Comité Central» (Ibidem). Ya sabemos a dónde han conducido la infalibilidad de los diversos comités centrales. Los pueblos en su lucha aciertan y se equivocan, logran victorias y sufren derrotas. Aprenden continuamente. Una dirigencia infalible nunca aprende, ya lo sabe todo. Eso no tiene remedio.
En contra de la concepción de una determinada élite revolucionaria que desde arriba, desde afuera pretende dar conciencia a los trabajadores, o a los sectores populares, es conveniente hacer efectiva la concepción gramsciana de que se debe partir del «buen sentido» que radica en el desagregado y caótico «sentido común» que se encuentra en dichos sectores. O, en palabras del Che, ayudar a desarrollar «los gérmenes de socialismo» que se encuentran el pueblo. Toda pretensión de construcción que tenga que ver con una elaboración teórica separada de las aspiraciones, expectativas, valores presentes en los sectores populares, contribuirá a instalar una nueva dominación. El socialismo tendrá sentido y será una verdadera solución si es el despliegue de valores profundamente arraigados en los seres humanos.
En contra de que el socialismo es primeramente una teoría que habría nacido recién en el siglo XIX, menester es tener en cuenta que, en cuanto expresa, por una parte, valores, aspiraciones, ideales y utopías y, por otra, luchas para conseguirlos, es tan antiguo como el mismo ser humano. Luchas en contra de la opresión, luchas de liberación han existido siempre. Realizaciones socialistas, en el sentido de agrupaciones o sociedades humanas liberadas, con relaciones relativamente horizontales, siempre se han dado en la historia.
El socialismo es fundamentalmente la realización de una sociedad fundada en los mejores valores del ser humano. Éste es tanto egoísta como altruista, tanto tacaño como generoso, tanto se ama a sí mismo como se odia, tanto ama a su vecino como lo aborrece. Es un ser dialéctico. El buen sentido del que habla Gramsci está constituido, precisamente, por los valores de amor a sí mismo, de generosidad, de bondad. De esos valores socialistas es necesario partir.
Ello no significa renegar de la teoría. El problema es no confundir teoría o ciencia o filosofía con conciencia. La conciencia nunca puede venir de fuera. La conciencia es autoconciencia desde el primer momento, pero sólo lo es implícitamente. Avanza de desde los primeros balbuceos en el plano de lo sensible. Toda teoría al entrar en relaciones dialécticas con la conciencia será motivo de crecimiento de ésta, tanto de la conciencia del teórico como de aquél a quien se comunica la teoría, la cual a su vez sufre transformaciones en el proceso. Se avanza de la conciencia a la autoconciencia, o de la conciencia en-sí a la conciencia para-sí, como dice Marx en la Miseria de la filosofía.
El para-sí o nivel superior de la conciencia no es un agregado que viene de fuera. Es el en-sí que se supera en el para-sí. Este segundo momento, que en realidad es tercero,, es decir, en-sí-para-sí, es una superación -Aufhebung- que sólo puede darse en el sujeto. Es éste que se supera en su totalidad. Si el tercer momento no estuviese ya en el primero, nunca llegaría a ser, por más adoctrinamiento externo que se practicase. La conciencia socialista no se inventa, no se crea desde arriba, no se introduce desde afuera. O ya está en la conciencia humana o nunca estará. Está, pero no está «puesta» para decirlo hegelianamente. O no está «en acto», para emplear la categoría aristotélica. No está puesta, y puede no estarlo nunca. Ello dependerá de la práctica o, para decirlo con una categorización marxiana, dependerá de la revolución. Ésta es el proceso de mediatizar lo inmediato o llevar al acto lo que está en potencia.
Por lo tanto no se avanza con la «unión de la izquierda», si ello significa hacer unidos lo mismo que se está haciendo en forma separada, es decir, actuar como estructuras piramidales que poseen «la ciencia». La verdadera unión hay que encontrarla atreviéndose a criticar las formas tradicionales de concepción de los partidos de izquierda e ir confluyendo con inserción verdadera en los sectores populares.
Un proyecto alternativo que ya se encuentra en germen en agrupaciones, comunidades, organismos de derechos humanos, movimientos de trabajadores desocupados, asambleas barriales, luchas de diverso tipo, asume una forma movimientista que se está descubriendo y construyendo. El peligro del
movimientismo es su posible transformación en un «gigante invertebrado y míope», según la expresión de John W. Cook El movimiento, verdadero torrente de los sectores populares, debe estructurarse, con todo lo que ello implica de peligro de burocratización y obstaculización de la marcha dialéctica.
Para la construcción de la identidad, sin la cual no hay sujeto, por una parte, es necesario recuperar auténticos símbolos populares como Agustín Tosco, John W. Cook, Enrique Angelelli, Evita. El Che por su parte, es un poderoso símbolo convocante para las nuevas generaciones. Por otra parte, es necesario dar la lucha hermenéutica en torno a los símbolos arraigados en los sectores populares.
No hay identificación posible o, de otra manera, no hay construcción posible de un sujeto sin los símbolos. Los sujetos son esencialmente simbólicos y, entre los símbolos, los que asumen características religiosas -tal vez sea la realidad de todos- tienen especial importancia, por cuanto los sectores populares son particularmente religiosos. La posición «cientificista» que el marxismo «ortodoxo» heredó de la Ilustración es ciego frente a esta realidad.
Si el símbolo con el cual construye su identidad determinado sujeto es considerado sólo únicamente como «fetiche», ya se ha puesto un telón de acero para comprender qué construye dicho sujeto en la relación con el símbolo. No se tiene en cuenta que borrar el símbolo es borrar al sujeto que con él se relaciona y, fundamentalmente, que la relación símbolo -fetiche es una relación dialéctica. Todo símbolo tiene algo de fetiche.
Desde las diversas prácticas sociales y políticas es necesario ir confluyendo en un proyecto político común que sea la unión en la diversidad. Como todo proyecto político debe darse su instrumento que tradicionalmente es el partido. Pero, de acuerdo a lo que venimos reflexionando, el partido tradicional de izquierda no nos sirve. Reproduce las relaciones de dominación. Se necesita un nuevo tipo de partido que sea una verdadera articulación del poder popular gestado en la base.
5.- El socialismo de cada día
Con la caída del denominado «socialismo real» y la imposición de la globalización neoliberal conservadora entró en crisis también una determinada concepción de lo que significa hacer la revolución. Ésta era pensada como una lucha en la que siempre se jugaba el todo social. Se trataba de derribar el capitalismo para instaurar el socialismo. La consecuencia era que, salvo en los países que esto se habría logrado, en todas las demás sociedad la revolución o había fracasado o estaba retrasada.
La visión que en general se tenía era que una sociedad era capitalista o socialista. El socialismo como modo de vida no podía realizarse en una sociedad capitalista, de manera que el sujeto socialista sólo surgiría cuando esa nueva sociedad pudiese implantarse. La visión totalizadora, el bosque, no permitía ver las partes, los árboles.
La globalización, verdadera imposición del universal abstracto, como hemos visto, produce un resquebrajamiento del todo social en fragmentos aislados. Contradictoriamente esta nueva realidad ha permitido repensar todo el problema de la revolución y, en consecuencia, del socialismo. Por una parte hay un impulso posmoderno de quedarse en la sola parcialidad, pero, por otra, permitió repensar la totalidad no sólo sin sacrificar la parcialidad, sino tomándola como punto de partida.
En esta visión, no se trata de pretender inmediatamente la gran meta, lo que históricamente se conoce como la toma del poder. En primer lugar, porque el poder no es ninguna cosa u objeto que se tome; en segundo lugar, porque es necesario plantearse metas reales, a las que sea posible acceder y finalmente porque si las relaciones sociales no se cambian en el camino, cuando se llegue a la meta y se pretenda realizar el socialismo, lo que se hará será reproducir las relaciones anteriores. Esto ya no necesita demostración alguna. La historia del «socialismo real» lo ha puesto en claro.
El poder no es una cosa u objeto, sino «relación social». Se trata, por lo tanto, de ir creando nuevas relaciones sociales, acordes con lo que pensamos que deba ser una realización del poder que sea efectivamente liberadora. En consecuencia, relaciones lo más horizontales posibles, con la vista puesta en el horizonte utópico de un poder horizontal, profundamente democrático.
No es que no queramos transformar toda la sociedad, derrotar definitivamente al capitalismo. Claro que queremos hacer eso, pero debemos tratar de clarificarnos sobre lo que nos corresponde hacer hoy, en un hoy en el que debemos hacer presentes los valores socialistas.
La objeción que surge de toda la concepción anterior es que no se puede vivir con los valores socialistas, es decir, humanos, en una sociedad capitalista, porque ésta impone sus leyes. Esta objeción es verdadera sólo en parte y, en consecuencia, si se la afirma de esa manera, es falsa. Es cierta en el sentido de que ninguna parte, llámese un grupo, una organización o un individuo pueda sustraerse de las leyes que impone la sociedad en la que se encuentran enclavadas.
Esto puede incluso generalizarse, como lo hizo Marx, al mundo entero. Ninguna nación, y aquí es necesario colocar a Cuba, puede realizar el socialismo hasta que éste se realice de manera hegemónica en el mundo entero, porque finalmente el sistema hegemónico termina imponiendo sus leyes. Eso es cierto cum grano salis, porque allí se viven auténticos valores socialistas, humanistas, como el haber sacado del «negocio» a la salud, la educación y la alimentación.
Ello también puede y debe realizarse, con todas las limitaciones y contradicciones del caso, en el seno de la sociedad capitalista. Si un sujeto quiere vivir de acuerdo con valores socialistas, ¿quién se lo puede impedir? ¿No es posible ser generoso? ¿Debemos necesariamente verlo todo como un negocio? El socialismo no se ha de construir a partir de las ideas «científicas» que tengamos en nuestra cabeza o en nuestros libros, ni por la acción de un grupo esclarecido. Ya ha comenzado su construcción. Está en camino en los diversos movimientos a los que he hecho alusión.
Como decía el Che, el socialismo está en germen en el pueblo. No es el socialismo ninguna construcción teórica o «científica» pensada desde fuera, sino el desarrollo contradictorio, creativo, que se realiza todos los días en nuestras luchas, proyectos, encuentros, debates. La solidaridad, la ayuda, el diálogo, la fiesta, el compartir constituyen valores esenciales del socialismo de cada día.
NOTA AL FINAL:
1. Prefiero hablar siempre de «construcción del poder popular» y no de «contrapoder» o «doble poder». La expresión «contrapoder» expresa una voluntad de permanecer siempre allí, en la contra, por lo cual va acompañado de «contracultura». Ello implica considerar que sólo es política el contraponerse. Será siempre una política marginal. La expresión de «doble poder», es la concepción leninista que supone dos poderes como dos entidades ubicadas una arriba y la otra abajo. Se trata de derribar la que está arriba para poner la que está abajo.
Bibliografía citada
Cliff, Tony: Rosa Luxemburg- (Introducción a su lectura). Galerna, Buenos Aires, 1971.
Holloway, John: Cambiar el mundo sin tomar el poder. (El significado de la revolución hoy). Herramienta y Universidad Autónoma de Puebla. Buenos Aires, 2002.
Marx, Karl: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858) 1. Siglo XXI, México, 1980.
Marx, Karl: La ideología alemana. Ediciones Pueblos Unidos, México, 1977
LA IRRACIONALIDAD DEL IMPERIO
Inmerso el mundo entero en una gran crisis, una gran recesión, no se ve cómo salir de ella en un futuro cercano. Los grandes poderes económicos del mundo resienten la crisis en todas sus formas: crece el desempleo, sus monedas se devalúan, se desgastan las condiciones laborales, las condiciones de vida de la población se deterioran...
Japón se encuentra en medio de su cuarto periodo recesivo en menos de diez años, con un sistema financiero en situación precaria debido al peligroso endeudamiento de sus principales bancos.
En la Unión Europea, su principal economía -la germana- ha declinado durante todo el año, con un sector manufacturero que entró en recesión en el mes de julio, mientras el desempleo alcanzó niveles récord de más de cuatro millones en el mes de agosto. La producción industrial está en declive en las otras dos principales economías: Francia e Italia.
Otro tanto ocurre en el Reino Unido, donde la producción industrial también atraviesa una profunda recesión. Por otra parte, las economías de los otrora venerados ‘tigres’ asiáticos -Indonesia, Malasia, Tailandia, Filipinas, Taiwán y Corea del Sur- no han podido salir de la crisis que asoló la región a fines del siglo; todas encaran un grave problema de endeudamiento externo, con numerosos bancos al borde de la quiebra.
En América Latina, la crisis afecta profundamente a sus principales economías.
Argentina, el modelo neoliberal por excelencia de la última década, se debate en la más seria debacle económica de su historia, con la mitad de su población sumida en la pobreza.
Brasil se tambalea en la cuerda floja, víctima de la especulación financiera internacional, lo cual ejerce su poder para desestabilizar de antemano a cualquier gobierno que se le ocurra modificar la dependencia gaucha con respecto a la banca internacional.
En México, a consecuencia del Tratado de Libre Comercio, TLC, los niveles de empleo y el PIB per cápita ni siquiera se acercan a los obtenidos antes de l994; la agricultura mexicana desaparece rápidamente ante el embate de las importaciones provenientes de la subsidiada agricultura estadounidense.
Otras regiones del mundo, como África y Centroamérica, se encuentran apabulladas por una abrumadora miseria.
En contraste, en China y Vietnam -naciones donde el proceso de crisis económica aún no toca fondo- todavía persiste un cierto nivel de control estatal sobre el sistema bancario y los flujos de capital, así como alguna protección, en rápido proceso de desaparición, de los mercados domésticos.
O sea que sólo donde el modelo neoliberal no se ha aplicado a ultranza es donde la crisis no alcanza sus proporciones máximas.
La crisis mundial incluye a Estados Unidos, but of course , cuya economía se debilita desde finales de 2000 y se agudiza con el destape de una serie de escándalos financieros en los que están involucradas algunas de las mayores compañías norteamericanas: Enron, Global Crossings, Worldcom, Xerox y otras.
Los escándalos y las quiebras tuvieron funestas consecuencias para sus trabajadores, quienes perdieron sus empleos y pensiones; y para los accionistas, que vieron desaparecer sus inversiones bursátiles. Es importante hacer notar que, por una parte, los ‘maquillajes’ contables de estas compañías contaron en todo momento con la aquiescencia tácita de grandes bancos prestamistas como Citicorp, en el caso de Enron, y la complicidad de las grandes firmas de contabilidad; y, por otra, sufrieron grandes pérdidas firmas de Wall Street que manejan enormes fondos de inversión, incluyendo los fondos de pensiones. Se trata entonces de una competencia a muerte entre grandes monopolios inversionistas.
Los escándalos, quiebras y enormes pérdidas de los accionistas han provocado el continuo y vertiginoso descenso del valor en las bolsas de todo el mundo. Se estima que entre enero y julio de este año desaparecieron más de siete mil millones de dólares en valores bursátiles en Estados Unidos. El índice de Wall Street perdió más del 30% en lo que va del año, con similares descensos en las bolsas de Tokio, Londres, París y Francfort. Estas gigantescas pérdidas han ocasionado la restricción del gasto de los consumidores norteamericanos.
Vale enfatizar que el milagro de la ‘alta tecnología’, la panacea para la economía norteamericana de los años noventas, se ha venido estruendosamente abajo. Las acciones de la mayoría de las compañías de alta tecnología, como la de telecomunicaciones, se han derrumbado en los últimos tres años. Algunas emblemáticas, como Worldcom, mantuvieron su imagen mediante el fraude desfachatado y el maquillaje contable. Actualmente no existe ninguna solución ‘tecnológica’, por ejemplo un nuevo gran invento, que conceda un respiro a la crisis monopolista de acumulación e inversión. En resumen, ni hay soluciones internas macroeconómicas ni existen milagros tecnológicos en el horizonte.
Aunado a esto, la economía y la política norteamericanas apuntan hacia una intensificación de la lucha por los recursos y el poder, dentro y fuera de Estados Unidos, entre los poderosos monopolios estadounidenses.
En los últimos tres años el mundo fue testigo atónito del intento de deponer al presidente Clinton, dizque por tener relaciones sexuales con una asistente de veinte años; de unas elecciones más o menos robadas por el partido republicano, que eligió un presidente con la minoría del voto popular y, por último, de la instalación de un Presidente en apariencia sumamente inepto, George W. Bush, quien instaló un gabinete compuesto por ex generales, ministros de Defensa y ejecutivos de multinacionales para dirigir al país en servicio directo del capital monopólico. Tanto Bush como su vicepresidente Cheney, provienen de la industria petrolera y ambos estuvieron involucrados en negocios turbios, tipo Enron, en los que hicieron pingües ganancias antes de arribar al poder.
Dada la ausencia de soluciones políticas internas o tecnológicas y dado el cariz político cuasi-criminal de la camarilla dirigente que proviene del corazón del capital financiero, nos encontramos ante una gravísima situación en la cual Estados Unidos buscará remedios a sus males drástica y agresivamente, ora chantajeando, ora amenazando o simplemente echando a un lado a los aliados y amigos de ayer.
Estados Unidos se propone utilizar todos los medios necesarios para salvarse de la crisis económica, lanzar ataques preventivos contra enemigos económicos y políticos, y mantener y afianzar su dominio sobre sus esferas de influencia, aliados y adversarios en todo el mundo. Incluso los métodos que podrían describirse como pacíficos, se basan en el chantaje, la presión y la manipulación.
En el último período se ha destapado la furia proteccionista norteamericana. El 14 de mayo, el presidente Bush refrendó la Ley Agrícola que regirá la política agropecuaria norteamericana durante los próximos diez años, consagrando enormes subsidios directos de aproximadamente 18 mil millones de dólares anuales para la que ya es la agricultura más protegida del mundo. Dichos subsidios serán utilizados en su mayoría por los productores de trigo, maíz, soya, algodón y maní, rubros en los cuales Estados Unidos mantiene un papel preponderante como exportador. La nueva ley restablece un precio básico o de sustentación, que había sido eliminado anteriormente para algunos sectores, como la producción de lana, e incrementa el precio básico de otros productos, principalmente en el sector granos, con el propósito de garantizarle un ingreso mínimo por tonelada a las compañías agrícolas.
Para dar una idea del monto de los precios de sustentación, se estima que en los próximos años los productores de soya recibirán cuatro mil millones de dólares anuales por este concepto, para mantener sus ingresos al nivel que el gobierno considera aceptable. Esta nueva medida contradice todos los pronunciamientos estadounidenses sobre el libre comercio y fue denunciada decididamente por otros países productores agrícolas, como Canadá, Alemania, Argentina y Brasil.
En el mismo mes de mayo, Washington anunció un incremento hasta de 30% en las tarifas del acero importado, lo que llevó el tema de la ‘guerra comercial’ a las primeras páginas de la prensa europea; impuso tarifas contra las maderas importadas del Canadá y se negó a eliminar una exención de impuestos que permite a grandes multinacionales gringas no pagar ningún tributo sobre las utilidades obtenidas en sus operaciones fuera de Estados Unidos, ocasionando otra pelea con Europa en el seno de la Organización Mundial del Comercio.
Mientras que Estados Unidos ofrece proteccionismo y tarifas cuando le conviene, todavía mantiene las exigencias de libre comercio en América Latina. En ese sentido, continúa insistiendo en establecer el ALCA, lo que no sería más que extender el TLC a toda América Latina. La estrategia del ALCA acabaría con lo poco que queda de agricultura e industria nacionales en América Latina.
Así, no sólo México sino todo el continente se convertiría en una gran colonia del Coloso del Norte. Incluso en los tiempos de la colonia española, América Latina podía producir, si no su propias manufacturas, por lo menos la comida para alimentar a sus pueblos. Pero ni eso será posible bajo el nuevo régimen colonial. Al igual que el TLC, el ALCA tampoco es un tratado de libre comercio, sino un tratado de protección de la inversión norteamericana, que permite la libre inversión yanqui en todos los países y en todos los ramos, a la vez que busca mantener fuera de la contienda a sus competidores económicos mundiales, como la Unión Europea.
La particularidad de lo que va del año 2002 es la tendencia creciente de Estados Unidos a usar la fuerza militar para controlar regiones y recursos estratégicos, negándoselos a sus posibles contrincantes. La dominación norteamericana se ha convertido rápidamente en la militarización del planeta. Esta tendencia es impulsada tanto por las necesidades del Imperio como por los menesteres domésticos ocasionados por la crisis económica. El caso más claro es el de las maniobras para controlar las fuentes más importantes del petróleo.
Con la excusa de la guerra contra el terrorismo, Washington tiene importantes destacamentos armados en Asia Central y Afganistán, zonas claves para dominar la importante cuenca petrolera del Mar Caspio. Empresas, principalmente norteamericanas y británicas, han invertido substancialmente en proyectos de extracción y oleoductos petroleros, lo que explica la rapidez con que Gran Bretaña se aprestó para apoyar la aventura yanqui en Afganistán, la cual comenzó con una aparente y rápida victoria de los invasores pero ha empezado a empantanarse.
Aunque se encuentra al borde del fracaso, la embestida contra Afganistán sólo fue el primer paso de una ofensiva militar generalizada, anunciada por el presidente Bush en su famoso discurso de enero de 2002, en el cual identificó a Irak, Irán y Corea del Norte como las próximas víctimas de la agresión militar. Ahora Estados Unidos se prepara para lanzarse contra Irak, situación en la cual varios factores juegan un papel importante, siendo sin duda el más significativo el petróleo.
Para comprender las dimensiones del problema petrolero, son útiles ciertos datos.
Primero, por medio de sus empresas multinacionales, Estados Unidos y Gran Bretaña controlan 70% del petróleo producido en el Medio Oriente. Apenas 25% se encuentra en manos de los Estados de la región, entre ellos Irak. Japón depende por completo del petróleo de esa región. Europa Central importa casi 80% de su petróleo, y hasta hace poco casi todo del Medio Oriente. Recientemente, Rusia se convirtió en proveedor de petróleo y gas natural para Alemania.
Además de tener una gran producción doméstica, Estados Unidos importa más petróleo de Canadá y México que del Medio Oriente. Japón, Francia, Alemania y otros países compran su petróleo de las ‘grandes hermanas’, las compañías norteamericanas y británicas que lo refinan y comercializan.
Las empresas estatales de Arabia Saudita y Kuwait trabajan en llave con las extranjeras; todo el petróleo de este último país lo manejan Gulf Oil y British Petroleum. Por su parte, el anhelo de Francia y Alemania ha sido disponer en esa región de una fuente de petróleo, sin que esté bajo el control de Estados Unidos e Inglaterra.
La guerra que Washington intenta desatar contra Irak es en realidad una guerra por controlar el suministro de petróleo de toda la región del Medio Oriente, incluyendo Asia Central. Esto aclara la conducta de diferentes actores en los últimos años: en la década pasada, Inglaterra apoyó sin tapujos -bajo Thatcher o bajo Blair- a Estados Unidos en la Guerra del Golfo y fue el primer país en colaborar con el Pentágono en la invasión a Afganistán, y hoy es portavoz de Bush en la embestida contra Irak.
Ya durante la primera Guerra del Golfo, hace más de diez años, Alvin Toffler, el famoso ‘futurólogo’ norteamericano, escribía que con el control del petróleo de la región ‘Estados Unidos estaba parado sobre las mangueras que controlan el suministro de energía de sus principales competidores’. A su vez, en las tres ocasiones, Francia y Alemania se han mostrado reacias a participar en estas guerras promovidas para el obvio beneficio de Estados Unidos y en detrimento de la posición geopolítica europea. Es en este sentido que la guerra contra Irak constituye un conflicto de Estados Unidos contra Europa, Japón y otros de sus enemigos potenciales.
Otro dato importante es el de las reservas: después de Arabia Saudita, Irak tiene las segundas reservas mundiales probadas de crudo, mayores que las de Kuwait, Irán, Venezuela, Rusia, México y Estados Unidos. El control de la producción del petróleo irakí es obviamente de suma importancia: con la producción de Arabia Saudita, Kuwait e Irak en sus manos, las multinacionales norteamericanas podrían definir los precios y controlar la oferta mundial de combustible.
Desde 1998, cuando Saddam Hussein expulsó a los llamados ‘inspectores de armas de destrucción masiva’, Europa y Rusia incrementaron sus relaciones económicas con Irak, al punto que en círculos diplomáticos se hablaba -hasta principios de 2002- de la suspensión de las sanciones contra Irak. Varios países, entre ellos Francia, Rusia y China, han emprendido proyectos de negociación con Irak para explotar su petróleo. La declaratoria norteamericana de guerra contra Irak busca reversar esa tendencia, apoderándose por la fuerza de ese país y arrebatándoles a otros países la oportunidad de aprovecharse del petróleo iraquí, a menos que apoyen la movida estadounidense.
La actitud de Estados Unidos es amenazar y chantajear abiertamente, declarando sin empachos que invadirá Irak y poniendo a sus ‘aliados’ y a las Naciones Unidas a escoger entre dos alternativas: o apoyan la jugada, legitimándola, y entonces les dará alguna participación en el reparto del petróleo iraquí, o tendrán que encarar la superioridad norteamericana, poniendo fin al papel jugado por las Naciones Unidas y a las reglas internacionales vigentes.
Y aun si la ONU apoya las demandas gringas e Irak acata nuevas inspecciones (como en efecto lo ha hecho), Estados Unidos mantendría su política de ‘cambio de régimen’ y de ‘guerra preventiva’.
No puede ser de otra forma, porque lo que está en juego es el control absoluto del petróleo del Medio Oriente. Además, los dirigentes estadounidenses piensan que con la invasión a Irak sería más fácil controlar la insurgencia de los patriotas palestinos, los cuales contarían con un aliado menos en la región.
Igualmente, con otra guerra en el Medio Oriente, Washington espera hacerse a una nueva serie de bases militares, fuera de las establecidas en los últimos diez años en Arabia Saudita, Kosovo, Asia Central, Kuwait, y Qatar. La ocupación de Irak le permitiría echarle un cerco a otra víctima anunciada, Irán, y serviría para retroalimentar la dolida economía doméstica estadounidense. En la guerra contra Irak, como en la anterior contra Afganistán, también queda claro que el principal interlocutor de Estados Unidos no es Europa, que queda tirada a un lado, sino Rusia, que como potencia petrolera, con una historia de influencia en la región y dueña de armas nucleares, todavía es tratada con alguna consideración por los guerreristas norteamericanos.
Durante el año pasado, y mientras mantenía su ‘guerra contra el terrorismo’, Washington emprendió toda una serie de acciones que le ganaron el repudio de naciones, países y pueblos. Sus medidas proteccionistas causan descontento y represalias en Europa y otros lares. Simultáneamente, Bush ha optado por una vocación unilateral, repudiando -independientemente de su calidad- toda una serie de pactos sobre los cuales existe acuerdo internacional, como el tratado de Kyoto sobre el clima, la conferencia internacional sobre el racismo, la conferencia mundial sobre el desarrollo sostenible y, sobre todo, el repudio al Tribunal Penal Internacional.
Estados Unidos se niega a aceptar normatividad alguna. Ningún militar norteamericano podrá ser juzgado por un tribunal internacional, así sea culpable de atrocidades contra la población en algún país del mundo. En palabras del escritor Carlos Fuentes, este año EE.UU. le ha dicho al mundo: ‘Mi soberanía es inviolable. La tuya no. O sea, en el mundo hay una regla para Estados Unidos y otra para los demás’. La reacción mundial frente a este tipo de actitud ha sido condenarla.
En cierto sentido, la actitud estadounidense es explicable, ya que en los últimos años sus servicios militares han estado implicados en una larga serie de crímenes y abusos contra los derechos humanos en todo el mundo.
Estados Unidos trata de consolidar su hegemonía mundial y resolver sus problemas económicos a través de la militarización del proceso de globalización. En los últimos años se han abierto nuevas bases militares en Ecuador, Bolivia, Brasil, Turkestán, Tayikistán, Afganistán, Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, Kosovo, Aruba y Filipinas. Actualmente, el Pentágono planea establecer un nuevo ‘comando’ (como el Comando Sur) en la isla de Sao Tomé -el ‘comando de Guinea’- para proteger la explotación petrolera en Nigeria, Angola y Gabón.
Si bien una guerra contra Irak le proporcionaría un control táctico inmediato del petróleo regional, serían imprevisibles las consecuencias sobre sus relaciones futuras con Rusia, China y Europa. Los dirigentes de esos países continuarán buscando defender y expandir los intereses de sus respectivas naciones, lo que en las presentes circunstancias implica tratar de reducir por todos los medios el poderío norteamericano
El coloniaje militarista que la Casa Blanca pretende imponer al mundo no gozará de un camino tan fácil como el del imperio inglés en pasados siglos, al contrario, enfrentará a pueblos con un historial de lucha y resistencia contra los imperios coloniales. Una campaña militar contra Irak, y otras que seguramente se planean en Washington contra Irán y Corea, a la larga terminarán por socavar la economía estadounidense, tal como sucediera en la Unión Soviética.
Desde esta perspectiva, la tarea es bastante difícil, evitar que los super halcones ataquen, no sólo a Irak, sino a una serie de países a los que considera parte de su seguridad nacional debido a los recursos naturales existentes en sus territorios..